Couto: “Creíamos que se podía hacer una reforma en serio de la Caja Militar”

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La semana pasada el diputado del Frente Amplio (FA) Martín Couto cobró notoriedad a partir de sus expresiones en el Parlamento durante la discusión y aprobación de la denominada Ley Trans.

El representante del grupo Ir -que encabeza Macarena Gelman- visitó Visión nocturna para hablar de este y otros temas políticos de actualidad.

En una visión macro, tanto a nivel local e internacional, Couto señaló que “hay ciertos grupos de poder que no se iban a acostumbrar a no tener el poder” ni se iban a “quedar de brazos cruzados”, lo que explica en parte la conflictividad política que vive la región.

Al respecto dijo que “ahora en Uruguay hay izquierda y otras cosas. La derecha no se asume como tal”. Continúa leyendo Couto: “Creíamos que se podía hacer una reforma en serio de la Caja Militar”

Diputado Couto sobre ley trans: “La necesidad es urgente y la discriminación es alarmante”

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Sería increíble que más de 50 personas trans pudieran acceder al beneficio de la ley que ayer se aprobó en el Parlamento, dijo el diputado suplente del sector IR del Frente Amplio, Martín Couto. De todos modos, dejó en claro que no hay un registro.

Couto realizó un balance positivo de la aprobación de la llamada “ley trans”, tanto por la cantidad de votos que recibió -incluso algunos de la oposición- como por algunas intervenciones de quienes no lo votaron pero que reconocieron la discriminación que sufre este sector de la población.

El legislador señaló, sin embargo, que “en nuestra sociedad existe la percepción que hemos cambiado más de lo que realmente cambiamos” y que incluso la ley aprobada, en materia de salud, sigue siendo una desventaja.

Con respecto a las críticas de algunos legisladores sobre el poco tiempo que se tuvo en la Cámara de Diputados para discutir el proyecto, Couto recordó que la Constitución otorga el plazo de un año antes de las elecciones para aprobar leyes que aumenten el gasto, por lo que si no se aprobaba antes del 27 de octubre iba a quedar para la próxima legislatura.

Volverá la alegría

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Nací y crecí en una casa de ex comunistas. Mis viejos se fueron del Partido Comunista del Uruguay (PCU) durante su proceso de ruptura (1989-1992). Mi padre estuvo dos años sin hablar de política. No sin militar: sin hablar. Y era un militante por sobre todas las cosas. Es que con la ruptura del PCU se rompió su mundo de la vida, su marco para la praxis, se rompieron su utopía, su estrategia, su táctica. Se rompió aquello que le daba un marco para la acción, que le daba herramientas para interpretar la realidad. Se le rompió el amor.

Hasta hoy, comunistas y ex comunistas, historiadores, politólogos, sociólogos, militantes frenteamplistas, todos se preguntan cuándo se empezó a romper y por qué. Naturalmente, las unanimidades están lejos de concretarse. Si el Frente Amplio (FA) se rompe, ¿trataremos de mirar con retrospectiva para identificar el momento en que se empezó a romper? Así como las revoluciones, también las rupturas crecen desde el pie. Las izquierdas, a nivel mundial, vaya si tienen experiencia en esto de las rupturas. En el caso de la uruguaya, no tiene una experiencia similar. Porque la construcción del FA es inédita, no sólo en Uruguay. En varios sentidos, es una experiencia inédita en el mundo.

Lo que está en juego no son las elecciones de 2019 (si una izquierda democrática como el FA viera en una posible derrota electoral su final, sería demasiado tonta). Tampoco están en juego el curso del gobierno -o, por lo menos, no es lo más caro que está en juego-, ni las medidas que se puedan tomar, la mejora de los indicadores sociales, y un largo etcétera. No. Lo que está en juego es el compromiso ético que la izquierda uruguaya firmó hace 45 años con la gente. Ese compromiso se llama Frente Amplio. Lo que está en juego, entonces, es el FA. La hora, como todas pero en algunas más que en otras, exige por sobre todas las cosas responsabilidad. Responsabilidad con algo que nos trasciende. Nadie es dueño de ese compromiso ético, pero todos y todas lo somos. Nadie, absolutamente nadie -y que se convenzan sobre todo los que tienen más responsabilidades- es dueño de nuestro FA.

Hay quienes dicen que no se puede barrer más debajo de la alfombra. Que, al contrario, hay que sacar las cosas que están debajo de la alfombra. Yendo al extremo con la metáfora, en el FA nunca debió haber existido tal alfombra. Si la hay, hay que tirarla en una volqueta. Pero la responsabilidad exige que también nos deshagamos de los tiempos televisivos, del exhibicionismo, de creer que lo que nos pasa se corrige con gritar, minuto a minuto, lo primero que se nos ocurra. Es irresponsable quien haya puesto una alfombra en el FA y también es irresponsable quien cree que el caos, que la desesperanza, que la desconfianza, que la denuncia apresurada y sin (o con pocos) fundamentos nos llevará a corregir lo que nos pasa.

Hay generaciones de fundadores, de resistentes a la dictadura, de la salida de la democracia, del voto verde, que tienen la responsabilidad histórica de no dejarnos a los que venimos atrás sin nada. ¿Es que a alguien le parece buena idea que los menores de 40 estemos las próximas décadas reconstruyendo la unidad de la izquierda?

Nuestra generación tiene la responsabilidad de golpear las puertas hasta que se abran. No podemos proponernos jubilar a nadie, pero sí debemos exigir que el poder se comparta. Tenemos derecho, incluso, a cometer nuestros propios errores. Hay queridos compañeros y compañeras que desde hace décadas están en la primera línea (con cargos o sin ellos, con exposición mediática o lo que fuera) y que debieran correrse unas líneas más atrás. El desgaste es extremadamente democrático: les llega a todos.

Esta columna es un intento de alerta. Mi voto lo tengo resuelto y es público, pero no es lo que importa en este momento. De lo que se trata es de usar las elecciones del domingo, yendo a votar lo que se quiera, para tratar de que el pueblo uruguayo no pierda una de sus mayores fortalezas: ese compromiso ético al que unos queridos veteranos y veteranas le pusieron Frente Amplio. Sólo nos queda una certeza: inexorablemente, volverá la alegría. La tarea es militar para que vuelva lo antes posible, por el bien de la gente.

“El poder del grupo”

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No voy a escribir sobre el nuevo rector de la Universidad de la República. Ni sobre Álvaro Rico. Tuve y tengo una posición muy clara sobre cuál era el mejor candidato y cuál el mejor rumbo para nuestra Universidad. Pero me resulta imprescindible, vital, reflexionar sobre la violación del mandato de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) por parte de algunos delegados estudiantiles en la última Asamblea General del Claustro (AGC).

La semana pasada, el movimiento popular uruguayo sufrió una importante herida. Lejos de adherir a fatalismos que sólo conducen a la paralización y a la inacción, creo que es una herida que puede cerrar en poco tiempo. Pero también puede seguir abierta y agrandarse cada vez más. Depende del camino que tomen quienes hoy están en la FEUU.

Es necesaria una síntesis política de lo que pasó en la FEUU, que permita producir y construir en la mañana siguiente. Para eso, para corregir y volver a construir (y reconstruir), me parece riesgoso justificar y minimizar lo ocurrido. Hay una serie de argumentos que relativizan lo que pasó, que son discutibles y peligrosos.

Un argumento es que la escasa participación social, que por supuesto también golpea a la FEUU desde hace años, permite entender que la resolución del gremio no es tan representativa y, por tanto, no es tan grave violar su mandato. Con este criterio, al debilitamiento de los sujetos colectivos le estaríamos respondiendo con la liquidación de los sujetos colectivos. Elijo, por el contrario, construir y reconstruir.

Otra línea argumental considera anacrónico que la FEUU pretenda votar en bloque. Algo así como que la FEUU, al no seguir el criterio de los otros órdenes (que votan dispersos y que resuelven sin criterios comunes), adquiere un poder exagerado, un poder de otro tiempo. Sigo creyendo, por el contrario, que la potencia de las herramientas depende de su unidad. Y que si las organizaciones populares no son muy potentes, los proyectos de país conservadores, individualistas y excluyentes tienen la batalla ganada.

El tercer argumento es que la Ley Orgánica (LO) universitaria no establece cómo deben resolver los delegados. Y que no se violó ningún artículo de la LO. Es cierto. Sin embargo, ¿los movimientos populares se rigen por leyes votadas por el Parlamento? Lo que se violentó fue un acuerdo colectivo básico: discutimos, pero llegamos todos juntos.

Una FEUU debilitada -a la que a veces le cuesta ver el reflejo de la frase con la que cierra sus documentos (“por todo lo que nos une”)- necesita un mínimo de acuerdos colectivos que le permitan, mientras intenta revertir sus debilidades, seguir viviendo. Votar juntos a un candidato a rector era uno de esos acuerdos colectivos, que no fue rediscutido: simplemente fue violentado en forma unilateral.

Pero, ¿qué implica acatar un mandato? ¿Qué implica aceptar la opinión de la mayoría como propia, más allá de la posición individual? Implica entender que las resoluciones colectivas son siempre mejores, más profundas, más capaces que las individuales. Cuando acato algo con lo que no estaba de acuerdo, no lo hago por obligación, sino por una concepción que le otorga al grupo mayor capacidad de resolver en un sentido correcto. Ése es el “poder del grupo” del que hablaba la murga Queso Magro en 2009: “Un poder que no es de nadie y es de todos. / Un poder compartido que no admite otro modo. / Mi voz se duplica, se agranda lo que veo. / Yo soy todo lo que quiero / junto con mis compañeros”.

Les tengo una gran noticia a aquellos que quieren ver bien a la FEUU: hay una barra de militantes que tienen claro el rumbo y ya están construyendo. Será cuestión de dejarlos hacer y ser.

Martin Couto